El Algarve era para mí, en mi niñez, las antípodas de la ciudad donde nací. La esquina contigua de ese mapa de la península que miraba y miraba con atención hasta hacerlo mío. La otra esquina del sur, tan inquietante que no daba al Mar Mediterráneo sino al Océano Atlántico. También imaginaba para Portugal un sur tan diferente como Andalucía lo es para el resto del país. Y así era, pero esto no lo supe hasta muchos años después, cuando la obsesión por la poesía andalusí ha requerido mi atención durante los últimos años.
El Algarve y Niebla comparten esa esencia andalusí que perfuma las almas de sus gentes sensibles, de los amantes de la poesía y también de ese pasado común que impregnó nuestra cultura, nuestro vocabulario, la música, gastronomía y tanta herencia que nos ha llegado.
Negar el influjo andalusí en el fado es como negarlo en los fandangos de Huelva. Y llamarle «música de moros» ya lo dice todo. Amália Rodrigues, la reina del fado, afirmaba la existencia de un estrecho lazo entre la música árabe y el fado, y decía de sí misma que era tan portuguesa que se sentía árabe.
Esta colección de libros que ya casi llega a su fin pretende recuperar la memoria de tantos paisanos nuestros que dejaron su legado poético, mínimo y latente en ocasiones, pero indiscutiblemente vivo. Aquí está.
Si los ojos son el espejo del alma, el alma es el lugar donde se produce la transfiguración alquímica de los mundos vividos en poesía. Ilustrando este mismo paradigma, la presente antología de poemas andalusíes retrata, sobre todo, los mundos, los tiempos y los espacios vividos por sus autores.
Cada poema es siempre la marca de agua, sublime e inferior, puesta de manifiesto en el acto íntimo y solitario de la escritura; los símbolos, los ritmos, las metáforas… el poeta recurre a todo ello para expresarse. Atemporal, habla de sí mismo, nos dice —ayer como hoy— cómo podemos (y debemos) justificarnos en la palabra escrita.
Vértices y confluencias
De Umba y Xaltis, de Madina Labla a Shilb, del río Odiel al río Arade… en el corazón de cada poeta (hacia el oeste) la fusión de ese lugar mítico de al-Gharb al-Andalus. De Labla y Shilb; en el rojo de sus murallas hermanadas, en la fluida fraternidad de los ríos. Los ríos y su cintura en el resplandor plateado de los peces, en el flujo sanguíneo de sus sierras envolventes. Somos la memoria de los tiempos, el subconsciente colectivo, los olivares, los higuerales, las flores de azafrán bastardo, los cueros teñidos y curtidos de bermellón; así se extienden las alas de los tiempos entre el Guadalquivir y el cabo de San Vicente. Iberia; la barbilla y el cuello de Europa.
Partimos siempre del silencio y avanzamos, verso a verso, con la actitud pangénica del poeta como alma. De taifa en taifa, el sustento a cambio de elogios rimados. El poeta andalusí —como cualquier poeta digno de ese nombre— surge de la tierra fértil del vacío inicial, ya rebosante de sonidos, que transformará en palabras. A lo largo de toda esta poesía, en sus registros temáticos cohesionados, se percibe la presencia constante de la luna nueva, de la luna llena o de la distancia plena para la celebración cabal del fuego como pasión y su reverso. En su labor, desde y hacia la esencia, cada uno de estos poetas encuentra en la escritura el cultivo de la tierra labrada del silencio. Y todo se revela en el sueño, en el agua y en la sed, en la llamada báquica hacia la liberación que nos señala el alma como morada de los afectos, del delirio y de la nostalgia. La poesía se nos revela en su sensualidad de la danza y del laúd, a la que el vino, en sus libaciones, se une para emprender el vuelo del espíritu. Vita brevis en esa intrínseca conciencia de que, tras las desdichas de la vida, vendrán días alegres. Envejecer (cuando en algún lugar muy lejano en el tiempo fuimos tierna belleza) confiere al anciano el estremecimiento juvenil, la introspección y la ponderación de la edad madura.
Una y otra vez, en el corazón de los versos de estos poetas, se encuentra la idea de que la sonrisa es en sí misma la seducción que promete los deseos. Decirlo todo sin pensar, pues no pensar tiene la belleza del impulso, de cómo la esencia humana es inmortal.
Pues lo somos, sentimos lo mismo que sintieron nuestros antepasados. Atravesando el tiempo, el soplo de ese mismo tiempo esculpe las joyas de las palabras. Tiempo de universos amorosos, de cómo el amor debe tener como objetivo fundamental la plena entrega. El alma de un poeta, por muy analfabeta que sea, tiene como alfabeto la matriz del sentimiento, y eso basta. La idea del destino es, en la poesía andalusí que ahora nos ocupa, algo que genéticamente nos fue dado por «herencia», algo que llevamos dentro desde siempre. El amor exige su más perfecta vacilación; pues la saudade es una alegría triste. Todo esto lo invoca el poeta para que, en su deambular onírico, el saber se transforme en la forma más perfecta de eternidad, y para que las luchas —dentro y fuera de sí mismo— se conviertan en paz, en el bien más deseado. La poesía —véase, pues, la atemporalidad de estos versos— es la forma en que cada uno de nosotros anhela la gloria y el conocimiento en su interior, en el camino por la vida. «El amor es fuego que arde sin verse» (Camões). En el canto amoroso de estos poetas, la jovialidad de los juegos del amor nos recuerda vagas y altivas llamas. La luna, el amor y el jardín; lugar lírico donde el perfume, la seducción de la piel amada, se revela como el rincón más perfecto.
Poemas que nos muestran cómo la conciencia de la brevedad de la vida nos lleva a celebrarla en su totalidad. Desde el entusiasmo juvenil hasta la introspección y la reflexión de la madurez, sabiendo cómo envejecer… De cómo la felicidad puede ser la brisa, el amanecer, la copa llena. De cómo el vino de la mañana puede ser el sol naciente.
De cómo contemplar el horizonte puede ser un acto de sufismo. De cómo el polvo es solo para quien llora la angustia entre sollozos. De cómo el amanecer se asemeja a una odalisca velada, coqueta y provocativa. De cómo, ante la luna creciente, todo mengua para que nuestra alma se haga más grande.
Volver a esta poesía andalusí es encontrar, en el regazo del tiempo, la cálida cuna de la paz, ya que en la paz no existe nada que no haya sido ya.
Manuel Neto dos Santos
Monte Boi, 16 Junho 2026
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