Cruzar el Estrecho debió ser un deseo para cualquier ser humano que divisase Gibraltar desde Ceuta, ciudad milenaria a la que tantas civilizaciones llegaron, principalmente en barco. Fenicios, griegos, cartagineses, romanos y visigodos la habitaron, dejando allí, como en la Península Ibérica, una huella cultural que se sumó a la andalusí, y posteriormente a la meriní. Una herencia que enorgullece hoy día a sus habitantes.
El invento del papel llegó a Ceuta antes que a la península, y allí se instaló una industria papelera y de copistas muy importante. Además en Ceuta se fundó la primera madraza de occidente, la madraza al-Šāriyya, fundada por Muḥammad al-Šārī, un rico comerciante ceutí coleccionista de libros, los cuales donó a su biblioteca la cual llegó a albergar unos cuarenta mil volúmenes.
Conocemos, gracias a la Biblioteca de al-Andalus, treinta y nueve autores literarios nacidos en la Sebta andalusí, de los que casi la totalidad viajaron o incluso acabaron sus días allende la otra orilla. De ellos, he incluido a los diecinueve con obra poética conocida, más once que vivieron y murieron allí.
Personalmente, mantengo una deuda con esta ciudad que el destino me ha impedido visitar en dos ocasiones. Que estas caligrafías sean el viaje de regreso para sus poetas y, para mí, primer paso firme de un viaje tantas veces postergado.
Hay en el Estrecho una ciudad milenaria flanqueada por una muralla encendida. Una isla de luz traspasada por la historia: cruce de civilizaciones, inicio de rutas comerciales, jardín y campo de batalla. Esa ciudad se llama Ceuta y huele a pinchos a la brasa, a canela, a curry, a bonitos secándose al sol, a dátiles dulzones y a té de menta, a pan con aceite y a moluscos del mar. Sus habitantes huelen como Ceuta cuando pasean por sus calles, en las que resuena el eco de diferentes lenguas.
Entre lenguas y silencios, la poesía en Ceuta siempre ha encontrado su casa. Aquí la palabra ha sido brújula, grito, refugio o plegaria. Desde que Homero cantara los amoríos de Calipso y Odiseo, la literatura ha sido una casa común. No ha habido en Ceuta época sin su voz: en la corte y en la madraza, en la ribera y en la vigilia del minarete, la poesía ha custodiado nuestro devenir, reconociéndose en sus palabras según fueron cambiando dominios y mapas.
El libro que el lector sostiene en sus manos rinde homenaje a los poetas andalusíes ceutíes, orfebres de la palabra que labraron en verso el rumor de dos mares. Ellos celebraron el conocimiento y el amor, los misterios de la muerte y de la noche, la belleza, la pasión o el olvido. Con la mano firme de un erudito artesano, Paco Fernández decora el verbo, cincela el alfabeto, talla los sonidos para convertirlos en un jardín de geometrías. Ensalzando a los poetas andalusíes de Ceuta, el autor recoge un hilo de oro que atraviesa los siglos: el del asombro común. Paco ilumina cada verso con erudita paciencia, hermoseando el sereno ordenamiento de los versos. Esta obra rinde homenaje a quienes elevaron a Ceuta a la categoría de metáfora y nosotros, los lectores, recogemos la lección más clara: la poesía es hospitalidad. El arte de Paco Fernández ha logrado que nuestros poetas queden instalados para siempre en su casa, ahora nos toca a los lectores disfrutar del sonido de sus versos como hacemos cuando escuchamos el mar en esta orilla del mundo.
Tula Fernández
es licenciada en Filología Clásica, Lengua y Literatura Españolas y doctora en Ciencias de la Educación
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